Trenes: allí donde el relato se extingue

La realidad está empeñada en distraer a la presidente Cristina Fernández de lo que realmente la obsesiona: su pelea con los medios y con la justicia. A 16 meses del fatal accidente de Once que causó la muerte de 51 personas (52 si le sumamos el bebé por nacer de una mujer embarazada) y casi 700 heridos, la historia se repite. Con 3 muertos y más de 300 heridos un nuevo choque de trenes sacude la sensibilidad de los argentinos. La formación conocida como Chapa 1 embistió a otra que estaba detenida en la estación Castelar. Este hecho no sorprende a nadie, aunque nos duele a todos.

El gobierno nacional llamó a esta nueva tragedia como “incidente” y “suceso” en un claro intento de desligar responsabilidades y esperando en algún momento poder llamarlo “atentado”. A esto, el ministro Randazzo, le sumó sus reproches porque el maquinista ignoró las señales y no bajó la velocidad. Sin alcohol en sangre tal vez piensen que el maquinista forme parte de alguna brigada suicida. Lo que habría que dejar en claro es que estos accidentes no son ni llamativos ni inesperados en el contexto en que suceden; más bien se relacionan con la impericia y la corrupción que suma cantidad de pruebas en el área del transporte.

Un empleado del comercio donde me desempeño viene a trabajar todos los días desde hace años en el tren Sarmiento haciendo el trayecto Moreno-Once. Las demoras, accidentes, descarrilamientos y demás problemas no son la excepción, son la regla. Ya no está TBA, con los hermanos Cirigliano, operando la línea, ahora la conduce la Unidad de Gestión Operativa Mitre Sarmiento (Ugoms). Tampoco está Juan Pablo Schiavi, quien renunció a la Secretaría de Transporte luego del accidente de febrero de 2012 y tras dejar aquella frase poco feliz acerca de que si el accidente de Once sucedía durante el feriado no iba a haber tantas víctimas.

Algo que pasaron por alto algunos pero que es importante analizar es el operativo de rescate. Resultó lento y escaso en recursos, a tal punto que la demora y falta de ambulancias y personal hizo que vecinos de la estación usaran las puertas de sus casas para transformarlas en camillas y poder trasladar así a los heridos.

Los tragedias se repiten pero la imaginación de los partisanos del gobierno no claudica: de un modo parecido al “alguien bajó la palanca” de Julio De Vido para justificar un apagón que solamente muestra la crisis energética tantas veces vaticinada por expertos, el dirigente piquetero Luis D`elia argumentó que esto se trató de un sabotaje para “voltear” la posible candidatura de Florencio Randazzo en las próximas elecciones legislativas. En realidad, lo que todos deberíamos “agradecer” es que no se sucedan más accidentes en un sistema ferroviario que está arruinado desde hace años y que el kirchnerismo no ha hecho nada por mejorar sino que por el contrario ha profundizado hasta lo decadente.

Tal como pasó con el accidente del pasado año, el primer reproche o sospecha del gobierno recayó sobre el conductor del tren. Los hermanos Cirigliano aún se ocupan del mantenimiento de las formaciones a través de su empresa de fabricación de material rodante Enfer y es de esperar que sobre ellos recaigan las culpas los próximos días si no resulta satisfactorio el pase de facturas al conductor. Tal como dice el ex piloto de aviones y cineasta Enrique Piñeyro, en este tipo de accidentes el motivo siempre hay que buscarlo en la organización por más que haya sido un error humano porque es allí donde deben estar los controles, la formación, la supervisión y el profesionalismo.

Necesitaríamos un libro para contar la cantidad de promesas incumplidas en materia de obras por parte de Néstor y Cristina Kirchner pero, sin dudas, las supuestas mejoras al tren Sarmiento se llevarían un par de capítulos. Uno de los últimos anuncios fue el 8 de Septiembre de 2011 cuando la Secretaría de Transporte comunicaba la llegaba al puerto de Zárate de la máquina tuneladora para el soterramiento de esta línea, obra que fue relanzada luego de la tragedia de Flores (hoy casi olvidada), cuando un colectivo cruzó con las barreras bajas y fue embestido por un tren; en aquel hecho hubo que lamentar 11 muertos y más de 200 heridos. Por una obsesión que tiene el gobierno con las nomenclaturas, en lo primero que se hizo hincapié en aquel momento fue en que la tuneladora se llama Argentina y que está pintada con los colores de nuestra insignia patria. Como siempre sucede en los gobiernos con tinte autoritario, ideologizado y con dificultades en la gestión, lo más importante son los anuncios, los nombres, el contexto, mientras que la ejecución de las obras que vienen a solucionar problemas pasan a un segundo plano; una vez hecho el anuncio, en general por cadena nacional, lo demás resulta “aburrido” para el kirchnerismo. De acuerdo a la descripción que oficialmente se hace de esta monumental obra, la etapa II era la que iba a soterrar el segmento entre Haedo y Castelar. En caso de que esa etapa hubiera estado concluida (por supuesto que los tiempos para tamaña obra son mucho más extensos), la única diferencia hubiera sido que el accidente habría tenido lugar bajo tierra porque todo el sistema es el que está obsoleto.

El ministro del interior y transporte Florencio Randazzo tiene, a diferencia del resto de los ministros y secretarios, algunos logros en materia de gestión para mostrar. Básicamente se le reconoce pericia en la modernización del sistema de documentación de los argentinos. Es por eso que luego de la tragedia del año pasado en la estación Once, el transporte pasó a formar parte de su área relegando a un desgastado Julio De Vido. No obstante, los cambios que pudo hacer desde su asunción son mayormente cosméticos.

Está claro que, como decíamos, el sistema de transporte en la Argentina necesita millonarias inversiones para entrar en la modernidad y poder dar un servicio de calidad. Hace tan sólo un año, la presidente Cristina Fernández de Kirchner hizo un anuncio de inversión por 800 millones de pesos para cambiar de raíz las líneas Mitre y Sarmiento. Teniendo el área de transporte el antecedente de haber sido entregada para su discrecional manejo y por 6 años al sospechadísimo Ricardo Jaime, me permito sospechar de que esto vaya a suceder.

Randazzo tiene razón en algo, la formación que embistió tiene frenos nuevos, el problema es que no funcionan bien, según dice Rubén “Pollo” Sobrero, quien viene denunciando desde hace semanas el mal desempeño general de este tren. Cabe recordar que el presidente de la Auditoría General de la Nación Leandro Despouy ha realizado completos informes previos a la tragedia de Once sobre el estado calamitoso en que se encuentra la línea Sarmiento y que obviamente no fueron atendidos porque, como todo organismo que pretende realizar un control sobre el gobierno nacional, ha sido siempre ninguneado. Lo difícil para el gobierno va a ser echar culpas afuera luego de gobernar durante 10 años.

Los incentivos son los que fallan. Decir que el ferrocarril tiene que ser estatal es un sinsentido, lo que tiene que hacer el ferrocarril es funcionar bien. Muchos esperan que finalmente lo restaticen para poder apropiarse del manejo. Deberían tener en cuenta que el Estado apenas si puede hacerse cargo, y lo hace mal, de los servicios básicos que le competen como para ocuparse de esto. Lo que tal vez sí habría que pedir es que las concesiones sean transparentes para que las empresas ganadoras tengan el expertise suficiente para poder operar y no que cumplan solamente con la condición de ser amigos del poder de turno.

La presidente no frena en sus embates contra las instituciones; al parecer, los trenes tampoco. Con los estos pasa algo similar a lo que sucede con la inflación: ni el INDEC ni los repetidos anuncios de inversiones se emparentan con la realidad que todos los ciudadanos vivimos diariamente.

Cuando CFK y todos sus voceros formales e informales hacen un análisis del período de gobierno no existen dudas ni reproches sobre aspectos a mejorar; en ese contexto se explica el slogan actual de “la década ganada”. Accidentes mediante y viento de cola durante tantos años, algunos concluyen que se ajustaría más conocerla como la “década chocada”.

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