Octubre siempre estuvo cerca

Con la espuma generada por las PASO ya en baja, lo que quedó al descubierto es bien interesante y a la vez complejo de comprender. ¿Cuál es la Cristina resultante de aquella elección primaria, la combativa e irritada de los primeros discursos posteriores o la que autoriza a reconocer la inflación y la inseguridad?; ¿la que a golpe de tuits genera un conflicto diplomático con Chile o la que permite que sus funcionarios asistan a los programas de la “corpo”?; ¿la que autoriza al presidente de YPF a reconocer el grave déficit energético existente o la que se obsesiona con “el círculo rojo” mencionado por Macri?; ¿la que pone en el freezer a los militantes de La Cámpora o la que se victimiza hablando de las “balas de tinta”?. Cristina Fernández es la misma de siempre, aunque lo que sucede a su alrededor sea extremadamente volátil.

Sin dudas, los comicios de agosto generaron un impacto importante en las filas del Frente para la Victoria como también lo hicieron entre la oposición. Lo que era fácil de pronosticar está sucediendo lenta pero consistentemente: con el fuego de la chimenea kirchnerista menguando, los dirigentes peronistas se están acercando al hogar del intendente de Tigre y esto va a ayudar a consolidar el escenario negativo para el oficialismo.

En lo que a todos nos atañe, una de consecuencias directas que la elección puede traer aparejada es el riesgo de autodestrucción. En este sentido, merecen especial atención las denuncias hechas por el hiperoficialista ex piquetero Luis D`Elía acerca del intento de destitución que se estaría gestando sobre la presidente para lo cual pronostica, yendo tal vez demasiado lejos, una fecha precisa. Por supuesto que esa atención no debe estar puesta sobre las declaraciones a las cuales este personaje nos tiene acostumbrados sino porque estas ponen una señal de alerta sobre lo que una facción política acorralada e incapaz de asumir golpes puede hacer. En este sentido, creo que el sistema político argentino debe proteger a la presidente de ella misma. Analizando la teoría destituyente, cabría preguntarse, ¿para qué querría una oposición a punto de obtener una gran victoria política acelerar un proceso que natural e institucionalmente se producirá en 2 años? Una pregunta sin respuesta dentro de la fantasía kirchnerista.

Del otro lado, los cambios que introdujeron en el impuesto a las ganancias, el discurso conciliador esgrimido en algún momento por la presidente, el reconocimiento de problemas como la inseguridad y la inflación y la sorpresiva aparición de funcionarios y candidatos oficialistas en los medios del grupo Clarín puede circunscribirse en lo que Morales Solá llamó “amabilidad preelectoral”. Lo paradójico es que el INDEC no refleja la inflación real porque el gobierno mismo lo intervino a través de Guillermo Moreno en el 2007 y los parches inventados para atacar ese problema no hacen más que alimentarlo porque generan mayor desconfianza. La inseguridad es un problema percibido por todos los ciudadanos y también por los funcionarios que, en una muestra mayúscula de hipocresía, lo desdeñaban con el recurso discursivo de la “sensación de inseguridad”. Quiero decir, ambas cuestiones, fueron y son voluntariamente parte de la esencia de este gobierno, por lo cual el simple reconocimiento de la problemática no los exime de nada. Para clarificarlo más, esto no es autocrítica, es un burdo recurso para no perder más votantes de cara a las elecciones de octubre pero, lamentablemente para Cristina Fernández de Kirchner, el ciudadano se dio cuenta.

Con unas PASO que no cumplen la función para la cual supuestamente fueron creadas sino que sirven básicamente como una gran encuesta nacional, lo que han logrado es poner un impasse con algunos indicios de lo que está por venir. Como antecedentes, podemos recordar que a posteriori de las elecciones en las que la entonces primera dama (o primera ciudadana, como le gustaba que la llamen) se transforma en presidente allá por el 2007, se generó la pelea con el campo que transformó la coyuntura nacional y que trajo como consecuencia un 2009 perdidoso para el gobierno. También resultó llamativo cómo, luego de ese 54% con el cual la presidente consagra su reelección en 2011, el gobierno aplicó el cepo cambiario y otras medidas restrictivas del comercio que tanto malestar generaron en la clase media que había apoyado a esa viuda que recuperaba una economía pujante después de la crisis mundial comenzada en 2008.

No sería muy difícil reconstruir un diálogo entre los miembros del gobierno y los líderes de La Cámpora. Seguramente gira alrededor de solicitarles a los miembros de dicha agrupación juvenil una distancia prudencial hasta que pase la elección de octubre. Es lo que piden todos los candidatos peronistas del Frente para la Victoria, con Martín Insaurralde a la cabeza, y es lo que la presidente acepta a modo de estrategia electoral. Sin embargo, pasadas las elecciones, cualquiera sea el resultado, La Cámpora va a ser su principal fuente de apoyo (y quizás la única).

Siempre me encuentro en las antípodas de cualquier teoría conspirativa. Es más, creo que hay en ellas una cuota importante de vagancia intelectual de aquellos que las formulan, dado que es más fácil apelar a la incapacidad general para aceptar la reconstruida frase socrática traducida en “sólo se que nada se”, que realizar un minucioso trabajo de investigación que apenas puede brindar verdades relativas. Sin embargo, dadas las características del gobierno argentino, de su presidente, las encuestas que empiezan a marcar una notable diferencia en la provincia de Buenos Aires, el contexto internacional, las dificultades que arrastra la economía argentina y los conflictos latentes en la sucesión presidencial dentro del espacio oficialista, yo al menos, estoy listo para ajustar mi cinturón porque creo que a partir del 28 de octubre y hasta la finalización del mandato de Cristina Fernández nos espera un río demasiado revuelto.

Hay que dejar de militar por dos años

Uno de los aspectos que más destaca la presidente Cristina Fernández de Kirchner como favorable de la gestión que comenzó su esposo es la recuperación de la militancia política (en el ámbito del kirchnerismo por supuesto). Si bien está claro que no es un tema que surja con esta corriente política sino que es de larga data aquí y en el mundo, sí ha habido una revalorización y una resignificación del concepto, sobre todo en el ámbito de la juventud.

Me parece que es momento de cuestionar si realmente es tan valiosa esa militancia. Se han hecho críticas circunstanciales sobre la misma sin meterse con el fondo de la cuestión; incluso muchos opositores valoran este cambio dado en el período kirchnerista donde “se ha puesto a la política nuevamente en el centro de la escena”.

Está claro que nadie puede estar en contra de que haya personas que tengan interés por los asuntos públicos y que en base a ese interés desarrollen una militancia que los acerque a una u otra organización política, pero no creo que eso sea lo que el kirchnerismo entiende por militancia. Más allá de la definición que le hayan dado, sí podemos decir que los K han sido eficaces en la organización de la misma. Haciendo base en La Cámpora, cuyos líderes tienen altos cargos de gobierno o de parentesco, han logrado filtrar miembros de esta organización en todas las instancias político-institucionales del país. Sin dudas que este posicionamiento es un negocio ampliamente favorable para ambos lados del mostrador. Del lado de los militantes de base, les resultó importante adquirir una identificación a un grupo, algo que siempre es relevante para los jóvenes; y si encima a eso le suman cargos públicos, posibilidad de ascenso económico y desarrollo “profesional” (en el amplio sentido de la palabra), la ecuación es completa. Del lado del jefe político, el vértice del poder (Néstor antes y ahora Cristina), este logra la fidelidad del fan.

Militante y fan serían, según el ideario nacional y popular que fogonea el kirchnerismo, dos términos contrapuestos, pero veamos que no es tan así. Tomemos por caso a la adolescente que concurre a ver a Justin Bieber y que se la pasa todo el recital gritando; es muy difícil decirle a esa niña que en ese recital el joven cantante desafinó alguna nota o pifió algún paso, porque mínimamente uno se expone a recibir un insulto (o alarido en este caso). Esto es lo que sucede con el militante político fanatizado, es imposible establecer allí una charla política con matices, un razonamiento conjunto, aunque finalmente no se coincida. En estos militantes está presente lo que bien define Margarita Stolbizer como “épica emocional” construida minuciosamente durante los diez años de régimen kirchnerista.

¿Ha ayudado el aumento de esta militancia política a mejorar la calidad democrática de nuestro país? Creo que no, más bien, todo lo contrario. El nivel de participación política que mejora la calidad de una democracia está dado por el grado de injerencia y control que los gobernados hacen de sus gobernantes; esta militancia, lo que menos hace es controlarlos. Puede idolatrarlos o maltratarlos (como pueden contar algunos dirigentes opositores que gobiernan distritos atacados por el kirchnerismo) pero nunca controlarlos. Sus acciones siempre están encaminadas a darle más opacidad, tapar, encubrir la cosa pública, en lugar de transparentarla.

Es también necesario decir que es difícil para todos, oficialistas y opositores, catalogar a un ciudadano comprometido, informado, analítico e interesado pero que no es militante; cuesta encontrarle un lugar donde “ponerlo” dentro del universo político y por lo tanto es discriminado, cuando en realidad es el único que podría lograr una mejora en la calidad de las instituciones. Es más, creo que “peticionar a las autoridades” es una acción que nuestra Constitución Nacional menciona pensando en este tipo de persona. Lo que quizá más desconcierte de este individuo, es que no aspire a un cargo público.

Efectivamente, este sector está interesado en la cosa pública pero sabe que su principal actividad está en el ámbito privado. Al mismo tiempo tiene bastante claro que las decisiones que se toman en el ámbito político influyen directa e indirectamente sobre sus actividades y por eso quiere controlar y participar aunque le resulte difícil encontrar canales para hacerlo. Uno de los canales debería ser tener bien aceitado el acceso a la información pública cuyos proyectos de ley duermen bajo los aposentos de los legisladores del oficialismo.

Hay un ejemplo cercano en el tiempo y el espacio que muestra de manera contundente esta contraposición entre calidad democrática más desarrollo y la militancia política. En Chile, desde fines de los años 60`, con el ascenso al poder de Salvador Allende en el comienzo de los 70`, su posterior derrocamiento a manos del general Augusto Pinochet y sumando todo su período de gobierno autoritario, se vivieron momentos de alta enfervorización política y activa militancia. Sin embargo, durante ese período, la sociedad chilena, politizada y dividida como nunca, vivió dos décadas de zozobra económica e institucional. Fue necesaria una vuelta de página para que el país comience a desarrollarse. Como afirma el escritor chileno Carlos Franz “…del noventa en adelante, Chile se fue despolitizando. En paralelo a su importante desarrollo económico y democrático, la mayoría se desinteresó de la política. Las ideologías que alineaban al país en bandos irreconciliables se difuminaron y entrecruzaron”.

En una inclinación masoquista que trato de mantener controlada, ayer miraba el programa de propaganda política oficialista 678 en la TV Pública, y un colega politólogo que es panelista allí decía que lo que más destacaba del proyecto K es que ahora él sabía de qué lado debía estar, ya que hay dos bandos bien diferenciados, uno absolutamente virtuoso y el otro que, por supuesto, tiene todos los defectos del cipayismo extranjerizante. Es entendible que este politólogo, como también me sucede a mi, haga de la política un aspecto central de su vida; lo que no es lógico ni saludable es pretender que para todos sea así y, mucho menos razonable, es poner en una virtual “vereda de enfrente” a quien no acompaña este proyecto.

Necesitamos una década con militancia natural (no forzada) y libertad, y no la militancia invasiva, agresiva y fomentada desde el poder político. Una década donde cada uno haga su trabajo y así colabore con el bien de todos. Una década donde el sector público deje de crecer a base de militantes en detrimento del sector privado, al cual debe dejar de ahogar. Una década, donde crezca el empleo privado, moderno, competitivo y productivo y no el empleo estatal, amateur y parasitario.