Cómo llevar tres niños a los parques de Orlando y sobrevivir en el intento

Sindicado como el destino más elegido en el exterior por los argentinos, para nosotros sin embargo el viaje a Miami y Orlando fue único. Con la exigente premisa de hacer 7 días de parques en Orlando (5 en Disney y 2 en Universal) con 3 pequeños niños de entre 6 y 8 años (los más chicos, los mellis, de una personalidad –llamémosle- intensa) nos embarcamos en un viaje soñado a lo desconocido, no tanto por el lugar, que uno puede ver y conocer de muy diversas formas, sino por lo que podía resultar para nosotros. Siendo el único de la familia que hizo dos veces similar viaje, lo cierto es que nunca lo había hecho como adulto con responsabilidades a cargo. Incógnitas, como el comportamiento y la tolerancia de los chicos al avión, eran parte central de la travesía. La ansiedad de los días previos resultó bastante apremiante. El mismo día del viaje tuvimos que confirmarles a nuestros hijos en varias oportunidades que aún no había que ir a Ezeiza porque todavía no era hora de tomar el avión; la primera inquietud había llegado a las 9 hs., el vuelo partía a las 23 hs.

Una vez en el Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini, ya por suerte sin tener que acarrear las valijas y con boletos en la mano, estábamos más aliviados. El primer encuentro con los controles de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) terminó confirmando que en la mochila de uno de mis hijos había una tijera que, por supuesto, no tenía destino de agredir a ninguno de los pasajeros ni a la tripulación pero que nos mostraba el error de permitir que los niños armen sus propias mochilas para llevar en la cabina.

Que el Airbus 340 contara con entretenimiento personalizado en cada asiento fue la primera buena noticia dentro del avión. Con niños, siempre inquietos, esa ausencia podría haber sido grave. Vuelo tranquilo y llegada al gigantesco Aeropuerto Internacional de Miami. Habiendo realizado mi último viaje a EE.UU. antes del trágico 11 de Septiembre de 2001 y con algunos comentarios recibidos en la previa respecto a exhaustivas revisaciones, scanners y apertura de valijas, esperaba en los controles de ingreso al país una hostilidad que finalmente no existió.
La inmensidad de ese aeropuerto y el larguísimo trayecto hasta alcanzar el vehículo que había reservado por Internet desde Buenos Aires, sumados a la demora de la agencia de rent a car para entregarnos la tan buscada mini van (llamar mini a una camioneta de semejante tamaño -3 hileras de asientos más inmenso baúl- muestra la importancia que tienen el espacio y la comodidad para los norteamericanos), pusieron de manifiesto tal vez el principal inconveniente que tanto adultos como niños debemos aprender a sobrellevar: la ansiedad. Una vez que me entregaron el cómodo vehículo, y sin recibir indicaciones de ningún tipo, me vi en la obligación de poner en funcionamiento esa camioneta con caja automática. Los primeros metros fueron complicados hasta que el muy gentil guardia del estacionamiento me dio la clave que necesitaba: “Don´t you ever use the left foot” (no uses nunca el pie izquierdo) y santo remedio.
Viaje directo a Orlando con la ayuda de maps.me (aplicación que usa el GPS del celular sin necesidad de usar una señal de red celular o wifi) que luego decidió plantarse obligándome a comprar finalmente un GPS. Después de unas 4 horas de manejo por una ruta extremadamente recta, llegamos finalmente a la zona de Kissimme, donde teníamos reservado un hotel barato pero lindo y muy confortable (las 3 estrellas son garantía en Estados Unidos), que iba a ser nuestro oasis de descanso para el ir y venir de los parques. Las primeras horas sirvieron para que mis hijos se sorprendan porque en la casa de comida rápida más famosa del mundo hubiera chicos de su tamaño que hablaban otro idioma (el mundo para ellos era, hasta ese día, sólo Buenos Aires) mientras que yo me sorprendía con el clásico refill gratuito e ilimitado de la gaseosa mientras lamentaba que ese sistema tenga tan pocas chances de ser aplicado en Argentina.
Habiendo llegado poco después del mediodía y sabiendo que los días venideros iban a ser de parques, parques y más parques, decidimos no perder tiempo y visitar uno de los publicitados outlets Premium de Orlando. Una descolocada tienda de Toys “R” Us nos dio un tiempo extra de recorrida al ayudarnos a calmar a las fieras (mis hijos) que sólo veían ropa a su alrededor. De más está decir que en tiempos de trabas a la importación y acostumbrados a un mercado mucho más pequeño como el argentino, la abundancia y variedad de esos locales lograron por momentos que nuestros ojos salieran de sus órbitas.
El segundo día del viaje significaba el comienzo del objetivo principal de estas vacaciones: los mágicos parques de Orlando (Walt Disney World + Universal). Teníamos por delante 7 días de un plan muy exigente que con seguridad volvería a hacer de igual modo. Magic Kingdom, el más emblemático de los parques de Disney, fue el inicio. El camino hacia allí, con los carteles alusivos a la vera, es fascinante. El estacionamiento del parque está perfectamente ordenado por empleados que parecen amar su trabajo. Quienes conducen los trencitos desde el estacionamiento hasta el monorriel o el barco que tiene la misión de llevar a los visitantes hasta la entrada de Magic podrían perfectamente dedicarse al stand up. Con el afán de impactar de entrada, Disney tiene preparada la increíblemente pintoresca calle principal coronada al fondo con la postal del emblemático castillo. Esto ya fue demasiado para la débil resistencia de mi esposa a las lágrimas. Sin embargo, mis hijos, 3 varones de la generación de las consolas y el entretenimiento veloz, no se conmovieron tan fácilmente, ellos querían llegar a los juegos.
Alcanzan tan sólo unos pocos pasos por el parque para toparse con la perfección; todo está donde debe y funciona como debe. Creí encontrar una falla cuando en uno de los juegos el lector de la tarjeta que permite registrar a quienes pedimos los Fast Pass + (sistema que permite ingresar hasta en 3 atracciones sin hacer las colas más extensas) se puso en azul en lugar de verde. Le aseguré a quien estaba en la entrada -convencido yo- que ese era el juego que había reservado. Nos dejó ingresar finalmente por ese sector y después comprobé que me había confundido, mi reserva era para otro juego: Disney 1 – Alexander 0.
Como toda impresión que no se basa en las últimas estadísticas oficiales debe tomarse con pinzas. Bajo esa premisa puedo decir que me sorprendió la cantidad de ciudadanos de la India disfrutando de los parques. Obviamente quienes prevalecen son los estadounidenses provenientes de distintas zonas del país. Allí pude comprobar que el problema que tienen con la obesidad es visible. El español es sin dudas el segundo idioma en Estados Unidos y en Disney recurren a él cuando hay normas de seguridad que quieren que se entiendan. Hay atracciones que permiten la traducción simultánea con auriculares que se pueden pedir en el sector de atención al visitante pero nadie los usa.
En los días siguientes conocimos el resto de los parques temáticos (no fuimos a ningún parque de agua aunque por el clima, muy agradable, podríamos haberlo hecho): Epcot, Disney´s Hollywood Studios y Disney´s Animal Kingdom. Cada uno de ellos tiene una ambientación acorde a las atracciones que lo habitan y es diferente al resto. Epcot es el futuro pero también los hermosos pabellones representativos de distintos países. Como se ve en la imagen que capturé durante el almuerzo en el sector marroquí, los visitantes de los parques son muy diversos y no se desprenden de sus costumbres y valores religiosos aunque estén en un símbolo de Occidente . En Hollywood Studio´s la magia de las películas está expuesta en unas logradísimas atracciones en 3D que dan vuelo a una simulación para el ojo humano que sin esta perfección podría llegar a ser molesta. En Animal Kingdom la atracción gira alrededor de una naturaleza moldeada para que sea divertida para todos, porque si hay algo que parece cruzar horizontal y verticalmente a los Estados Unidos es la pasión por el entretenimiento.
Después de conocer los 4 parques temáticos de Disney, la conclusión fue que mis hijos lo que más disfrutan son las montañas rusas. Cierto es que en ellas no vamos a encontrar solamente el revoleo del cuerpo en enormes estructuras de hierro sino que cada una lleva, como el resto de las atracciones, un contexto y una historia que le agrega interés (al menos para los adultos) al movimiento. Bajo esa premisa fuimos a visitar el Universal Orlando Resort con sus dos parques: Universal´s Islands of Adventure y Universal Studios Florida. Yo llegaba con la duda de si la perfección de Disney era replicable y la respuesta resultó ser positiva. La vorágine de los juegos no nos impidió apreciar la ambientación de los parques, genial en ambos. Debíamos nuevamente tratar de contener la ansiedad de los chicos por ir directo a las montañas rusas, que hay muchas y variadas. Necesitaba a toda costa tomarme mi tiempo para recorrer el sector de mi serie favorita (Los Simpsons). Por suerte para mi estómago, en varias de las más extremas atracciones no tuvieron la altura suficiente para entrar, aunque sí lo hicieron en otras que parecían más tranquilas pero que resultaron bastante traicioneras, en especial los simuladores. Teniendo hijos de distintas edades, nos resultó muy útil el uso de unos handies que compré especialmente para este viaje y que nos permitió estar en contacto con mi mujer cuando tuvimos que separarnos.
La visita a todos estos parques es una experiencia maravillosa para grandes y chicos que disfrutamos de este tipo de entretenimientos, guardamos aún cierta capacidad de asombro y le damos lugar a la fantasía. Sin embargo, también es cierto que recorrer durante entre 8 y 14 horas por día los parques durante 7 días (repetimos Magic Kingdom) es agotador para cualquiera. Para recuperarnos estaban entonces los 5 días en Miami. Sabíamos que el objetivo principal de las vacaciones estaba concluido pero no se puede menospreciar una ciudad que tiene tantos admiradores como detractores (aunque estos últimos más apoyados en lo que representa en su imaginario que en lo que es la ciudad realmente) y que crece a un ritmo vertiginoso.
La ciudad del sol que yo encontré (o construí) es una ciudad amplísima para recorrer, con esa mezcla de estructura norteamericana e idiosincrasia latinoamericana, donde las normas de tránsito se respetan bastante, pero no del todo, y que atraviesa por un boom de construcción que va de norte a sur y cambia permanentemente la fisonomía del lugar.
Con más tiempo y menos exigencias que en nuestra estadía en Orlando pudimos descansar, visitar playas e ir a los shopping cercanos. Así también pudimos corroborar la obsesión que tienen los americanos por simplificar las cosas. Las tarjetas de crédito se usan para todo, desde el parquímetro hasta las máquinas expendedoras de gaseosas, las autopistas apuestan a la fluidez de los pases automáticos (no tener el SunPass en el auto puede acarrear multas posteriores) y los restaurantes permiten dividir el pago total de la cuenta, si es necesario, en la misma cantidad de tarjetas de crédito como comensales tenga la mesa, además de permitir adicionar el gratuity (propina) al cupón de la tarjeta. La mayoría de los locales comerciales apelan a la firma digital de los cupones, en algunos casos la pasa uno mismo por el postnet y en importes menores a los U$D25 no suele requerir firma y mucho menos la presentación de una identificación. Si bien es lógico que Estados Unidos quiera, como cualquier país, apoyarse en grandes gestas y valores para construir y preservar su identidad, entiendo que no deberían descartar dentro de sus grandes avances la disposición permanente a facilitarle la vida a la gente.
La vuelta a Buenos Aires me trajo con la firme convicción de querer conocer algún otro lugar de ese país cada año, pero la llegada de los resúmenes de las tarjetas de crédito me devolvieron a la realidad. Sin embargo, y después de todo, quién nos quita lo bailado.
* Publicado en Infobae el 18-01-2015
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