Hay que dejar de militar por dos años

Uno de los aspectos que más destaca la presidente Cristina Fernández de Kirchner como favorable de la gestión que comenzó su esposo es la recuperación de la militancia política (en el ámbito del kirchnerismo por supuesto). Si bien está claro que no es un tema que surja con esta corriente política sino que es de larga data aquí y en el mundo, sí ha habido una revalorización y una resignificación del concepto, sobre todo en el ámbito de la juventud.

Me parece que es momento de cuestionar si realmente es tan valiosa esa militancia. Se han hecho críticas circunstanciales sobre la misma sin meterse con el fondo de la cuestión; incluso muchos opositores valoran este cambio dado en el período kirchnerista donde “se ha puesto a la política nuevamente en el centro de la escena”.

Está claro que nadie puede estar en contra de que haya personas que tengan interés por los asuntos públicos y que en base a ese interés desarrollen una militancia que los acerque a una u otra organización política, pero no creo que eso sea lo que el kirchnerismo entiende por militancia. Más allá de la definición que le hayan dado, sí podemos decir que los K han sido eficaces en la organización de la misma. Haciendo base en La Cámpora, cuyos líderes tienen altos cargos de gobierno o de parentesco, han logrado filtrar miembros de esta organización en todas las instancias político-institucionales del país. Sin dudas que este posicionamiento es un negocio ampliamente favorable para ambos lados del mostrador. Del lado de los militantes de base, les resultó importante adquirir una identificación a un grupo, algo que siempre es relevante para los jóvenes; y si encima a eso le suman cargos públicos, posibilidad de ascenso económico y desarrollo “profesional” (en el amplio sentido de la palabra), la ecuación es completa. Del lado del jefe político, el vértice del poder (Néstor antes y ahora Cristina), este logra la fidelidad del fan.

Militante y fan serían, según el ideario nacional y popular que fogonea el kirchnerismo, dos términos contrapuestos, pero veamos que no es tan así. Tomemos por caso a la adolescente que concurre a ver a Justin Bieber y que se la pasa todo el recital gritando; es muy difícil decirle a esa niña que en ese recital el joven cantante desafinó alguna nota o pifió algún paso, porque mínimamente uno se expone a recibir un insulto (o alarido en este caso). Esto es lo que sucede con el militante político fanatizado, es imposible establecer allí una charla política con matices, un razonamiento conjunto, aunque finalmente no se coincida. En estos militantes está presente lo que bien define Margarita Stolbizer como “épica emocional” construida minuciosamente durante los diez años de régimen kirchnerista.

¿Ha ayudado el aumento de esta militancia política a mejorar la calidad democrática de nuestro país? Creo que no, más bien, todo lo contrario. El nivel de participación política que mejora la calidad de una democracia está dado por el grado de injerencia y control que los gobernados hacen de sus gobernantes; esta militancia, lo que menos hace es controlarlos. Puede idolatrarlos o maltratarlos (como pueden contar algunos dirigentes opositores que gobiernan distritos atacados por el kirchnerismo) pero nunca controlarlos. Sus acciones siempre están encaminadas a darle más opacidad, tapar, encubrir la cosa pública, en lugar de transparentarla.

Es también necesario decir que es difícil para todos, oficialistas y opositores, catalogar a un ciudadano comprometido, informado, analítico e interesado pero que no es militante; cuesta encontrarle un lugar donde “ponerlo” dentro del universo político y por lo tanto es discriminado, cuando en realidad es el único que podría lograr una mejora en la calidad de las instituciones. Es más, creo que “peticionar a las autoridades” es una acción que nuestra Constitución Nacional menciona pensando en este tipo de persona. Lo que quizá más desconcierte de este individuo, es que no aspire a un cargo público.

Efectivamente, este sector está interesado en la cosa pública pero sabe que su principal actividad está en el ámbito privado. Al mismo tiempo tiene bastante claro que las decisiones que se toman en el ámbito político influyen directa e indirectamente sobre sus actividades y por eso quiere controlar y participar aunque le resulte difícil encontrar canales para hacerlo. Uno de los canales debería ser tener bien aceitado el acceso a la información pública cuyos proyectos de ley duermen bajo los aposentos de los legisladores del oficialismo.

Hay un ejemplo cercano en el tiempo y el espacio que muestra de manera contundente esta contraposición entre calidad democrática más desarrollo y la militancia política. En Chile, desde fines de los años 60`, con el ascenso al poder de Salvador Allende en el comienzo de los 70`, su posterior derrocamiento a manos del general Augusto Pinochet y sumando todo su período de gobierno autoritario, se vivieron momentos de alta enfervorización política y activa militancia. Sin embargo, durante ese período, la sociedad chilena, politizada y dividida como nunca, vivió dos décadas de zozobra económica e institucional. Fue necesaria una vuelta de página para que el país comience a desarrollarse. Como afirma el escritor chileno Carlos Franz “…del noventa en adelante, Chile se fue despolitizando. En paralelo a su importante desarrollo económico y democrático, la mayoría se desinteresó de la política. Las ideologías que alineaban al país en bandos irreconciliables se difuminaron y entrecruzaron”.

En una inclinación masoquista que trato de mantener controlada, ayer miraba el programa de propaganda política oficialista 678 en la TV Pública, y un colega politólogo que es panelista allí decía que lo que más destacaba del proyecto K es que ahora él sabía de qué lado debía estar, ya que hay dos bandos bien diferenciados, uno absolutamente virtuoso y el otro que, por supuesto, tiene todos los defectos del cipayismo extranjerizante. Es entendible que este politólogo, como también me sucede a mi, haga de la política un aspecto central de su vida; lo que no es lógico ni saludable es pretender que para todos sea así y, mucho menos razonable, es poner en una virtual “vereda de enfrente” a quien no acompaña este proyecto.

Necesitamos una década con militancia natural (no forzada) y libertad, y no la militancia invasiva, agresiva y fomentada desde el poder político. Una década donde cada uno haga su trabajo y así colabore con el bien de todos. Una década donde el sector público deje de crecer a base de militantes en detrimento del sector privado, al cual debe dejar de ahogar. Una década, donde crezca el empleo privado, moderno, competitivo y productivo y no el empleo estatal, amateur y parasitario.

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5 thoughts on “Hay que dejar de militar por dos años

  1. Este tipo quiere que se cambie la realidad de los argentinos pidiendo permiso a los más poderosos, esto es una bizarreada. Que bueno que los pibes militen del lado del gobierno

  2. Supongo que lo de “dejar de militar por dos años” es un homenaje a Barrionuevo.

    Creo que de lo que se trata, en todo caso, es de “mejorar” la forma de interesarse y de participar en política.

    Creo que es importante, hasta donde se pueda, saber de que lado se está, no necesariamente eso significa que haya solamente dos lugares exclusivos, pero sí de que muchas veces al momento de decidir algo haya que “simplificar” con un trazo grueso.

    Que te interese como lo describís el proceso chileno y el “general” a quien mencionas como autoritario, asesino o genocida creo lo define mejor, también nos define a los dos.

    A lo extranjerizante se lo puede llamar cipayismo o de cualquier otra forma que de cuenta del fenómeno, el término es lo de menos.

    Los fanatismos siempre son peligrosos, pero definir a la militancia, o los inconvenientes de ella por los fanáticos que la integren es también una generalización peligrosa y conste -aunque no sé bien por qué, el termino militante me cae algo mal por lo parecido a lo militar.

    Tampoco me interesa, sin ser politólogo, juzgar las intenciones de los demás, sí sus conductas objetivas, como te gustó la frase de Barrionuevo supongo que también conocerás la que habla de como de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno.

    Puse en los párrafos “creo”, para marcar que estas son simples opiniones que estoy siempre dispuesto a dejar de lado, si encuentro mejores.

    A mi también, como supongo a vos, me interesa que a nuestro país le vaya lo mejor posible, fundamentalmente a las personas que elaboran con su trabajo diario lo que nos ayuda a vivir. Lamentablemente no me puedo imaginar una sociedad humana sin conflictos.

    • Podría haber llamado a Pinochet “asesino” sin dudas; el término genocida tendría que analizarlo un poco más ya que tiene una acepción muy concreta para la ONU. En cualquier caso, como liberal estoy lejos de comulgar con Pinochet en cualquiera de los aspectos que analices así que no me hago cargo de eso. Por lo demás, son tus apreciaciones y las agradezco aunque no las comparta. Saludos

  3. Está muy buena la nota y muy cierta. Como detalle, en la Provincia de Buenos Aires, una de las formas de ascenso social es la misma política, y por eso la existencia de punteros y demás pestes en los partidos. Si uno se toma el trabajo de origen de los dirigentes de hoy, ne especial del peronismo, notará que la militancia los lleva a candidatos concejales, de allí a La Plata y si la cosa viene bien a la Nacional. Cristina es un ejemplo de ascenso social y económico por y con la política, no en vano la madre es de un estrato social bajísima y ella la esconde. Bueno en la Provincia está plagado de estos casos, hasta no habrá sorpresas si alguno de los que hoy tallan hubieran tendido un origen barra brava. Ascenso social y económico = militancia PJ.

    • Puede ser. En tal caso no me interesa para nada el origen pero sí las formas y las motivaciones. La política no tiene que ser vista como negocio porque eso, sin dudas, no trae buenas consecuencias.

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