El miedo a la oposición

Las elecciones del 2011 donde la presidente Cristina Fernández de Kirchner obtuvo el 54% de los votos (y así su reelección) estuvieron signadas por la falta de alternativas en la oposición, o al menos este es el argumento. Era común escuchar por aquella época (creo que actualmente sigue sucediendo pero en menor medida) a muchos votantes decir que no estaban de acuerdo con lo que hacía el gobierno nacional pero que no había nadie en quien confiar de la oposición. Con ese criterio y siguiendo la histórica resistencia al corte de boleta, los argentinos dimos tremendo poder a quien desde hacía rato daba muestras de no administrarlo con prudencia. Así fue como, con un Congreso de mayoría absoluta, el oficialismo logró imponerse en leyes que con la anterior composición no hubiera podido aprobar. Está claro que no se puede exculpar de esta consecuencia a los sectores de la oposición que desaprovecharon de manera inexplicable los resultados favorables del 2009 pero debemos aceptar la parte de culpa que nos cabe.

Fue realmente exitosa la demonización del pasado que viene haciendo el kirchnerismo desde el inicio de su gestión. La historia argentina en su versión virtuosa sería para ellos sintetizada en unos pocos personajes: Rosas, Irigoyen, Perón y finalmente Kirchner. Esto deja implícito un segundo mensaje: el kirchnerismo sintetiza al mejor radicalismo y al mejor peronismo; sería algo así como la transversalidad concentrada; un delirio. Sin embargo, el “razonamiento” que se impuso fue que de no votar por el kirchnerismo iba a volver la inflación descontrolada del radicalismo y la corrupción desbocada del menemismo; ¿les resultan familiares estos miedos?

Mucho ha influido para este temor la experiencia fallida de la Alianza. Se ha escrito bastante sobre lo que sucedió allí y el por qué del fracaso de ese gobierno que había levantado altas expectativas por poder reemplazar aquellas cuestiones que ya no se toleraban de un menemismo en decadencia. Habría entonces que recordar que el gobierno del inepto De La Rúa tenía que modificar, aunque se negara a hacerlo, el régimen cambiario de la convertibilidad que ya ponía alertas rojas desde hacía tiempo, que la deuda se encontraba en niveles inmanejables y que el precio de la soja por aquellos años rondaba los U$D170 promedio contra los U$D500 de hoy, entre otras dificultades estructurales.

Muchas de estas cuestiones han cambiado y entonces ateniéndonos a esas diferencias que existen sería importante que como sociedad le perdamos el miedo a la oposición y parte de esa superación puede venir de la mano de mirar hacia nuestros vecinos de la región. Vivir en la Argentina de la carencia de dólares, la inseguridad que mete miedo, el conflicto permanente, la inflación que carcome bolsillos y demás problemas cotidianos nos hace difícil tomar distancia crítica para contemplar lo que sucede en el contexto que nos rodea. Está bastante claro que desde hace años el mundo demanda los productos que la región produce basada en sus recursos naturales y que además está dispuesto a pagar precios elevados por ellos. Para Argentina será carne y soja como para Chile es el cobre y las uvas frescas, para Perú el oro, para Venezuela el petróleo y para Colombia el café. Como fuera y sin ahondar en más ejemplos, la bonanza y los precios internacionales elevados resultaron bastante parejos para todos los países de la zona. En la mayoría de los casos, esto fue aprovechado para mantener controlada la inflación, bajar la pobreza, disponer mejoras en infraestructura, elevar los créditos a largo plazo para la vivienda, ampliar la gama de servicios en la economía acompañando ese crecimiento en el sector primario y fortaleciendo así a las empresas locales para mejorar su inserción internacional. En este sentido y previendo el clásico reproche que se nos hace a los “pregoneros de la primarización de la economía” quería hacer una acotación dirigida principalmente a los intelectuales de Carta Abierta: cuando piensan en un modelo de industrialización del país atrasan 60 años al menos; en la era postindustrial, los empleos de calidad, buenos salarios y cuidadosos con el medio ambiente están en otro lado: industrias tecnológicas, servicios de avanzada, conocimiento, educación, creatividad, etc. Para ser más concretos, no todo lo que hace ruido y saca humo por las chimeneas es lo que genera riqueza e incrementa el empleo.

En contraposición a este modelo virtuoso desarrollado por la mayoría de los países latinoamericanos están aquellos que, con la impronta populista a flor de piel, hicieron todo lo contrario; casos ejemplares, Argentina y Venezuela (sin olvidarnos de Bolivia, Ecuador y Nicaragua). Si bien ambos ciclos de gobierno, el chavismo en Venezuela y el kirchnerismo en la Argentina, redujeron los índices de pobreza, no recrearon las condiciones que le permitieran soñar firmemente con el desarrollo. En el caso de la Argentina inclusive habría que resaltar que la comparación por la que más apuesta el kirchnerismo pasa por el peor momento económico del país en su historia con lo cual dicho contraste se hace casi irrelevante en la actualidad.

Es importante señalar que, si bien la crisis mundial ha afectado bastante a nuestros potenciales demandantes, las circunstancias actuales siguen siendo favorables para nuestro país y por eso debemos aprovechar el momento. Paradójicamente, el gobierno nacional, que sin dudas puede hacer gala de algunos logros puntuales, se empecina en llamar década ganada a una a la cual podemos llamar por contraposición como “década perdida” fundamentalmente por las oportunidades que se desperdiciaron. Sin dudas que el kirchnerismo se siente muy cómodo en la acción: proponiendo leyes, interviniendo mercados, innovando en materia financiera, manejando cada vez más sectores de la economía, etc. Aquello que no funciona bien según criterio del gobierno es intervenido y como consecuencia, al poco tiempo, funciona peor. Es casi una regla, sucede con las empresas estatizadas (Aerolíneas, YPF, FPT) como también con el mercado de la exportación (carnes, trigo) o el abastecimiento local.

Siguiendo entonces todo este razonamiento podemos afirmar que el miedo a la oposición tiene mucho de emocional y poco de racional. Dentro de lo irracional no me gustaría dejar de mencionar, evocando a Erich Fromm, el miedo a la libertad, un componente que si bien tiene matices muy diferentes respecto a la idea original del autor, creo que va a ser imprescindible tenerlo en cuenta para adentrarse en un proceso que nos permita recuperar iniciativa frente a un Estado que necesariamente va a tener que retirarse de las áreas en las cuales hoy gestiona y ciertamente lo hace muy mal.

Finalmente, ¿qué podríamos exigirles nosotros como sociedad a los distintos partidos de la oposición? Básicamente que no intenten hacer reformas constitucionales, ni leyes inaplicables, ni acuerdos con países que apoyan el terrorismo, ni reformar la justicia (o que vuelvan atrás con las reformas antirrepublicanas ya hechas) ni reformas agrarias que sólo hacen mermar la producción (tal como sucede hoy en Bolivia) ni traten de colonizar u hostigar los medios de comunicación, ni propicien menjunjes cambiarios, ni utilicen los recursos del Estado como si fueran propios, etc. No es tanto no? Básicamente tendrían que ser “normales” y creo que pueden hacerlo. No son tantas las malas políticas que se pueden aplicar para tener problemas de gobernabilidad y empeorar la calidad de vida de los ciudadanos y además cada una de ellas fue celosamente ejecutada durante la década kirchnerista como para verse en ese espejo y tratar de no repetir los mismos errores.

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